Ayer me pasé la mañana clasificando y archivando las nuevas etiquetas de cerveza de mi colección. Mientras, no podía dejar de pensar en la decisión de un compañero
bloguero, al que sigo desde hace mucho tiempo, que hace unas semanas anunciaba que dejaba/reorientaba su colección de etiquetas de cerveza,
incluso cedía parte de ella. Como
coleccionista creo que entendí muy bien su decisión.
Echando la vista a atrás creo que
supe parar a tiempo… me refiero a mi colección cervecera. Como muchos
aficionados a la cerveza, empecé coleccionándolo todo: chapas, botellas,
placas, cristalería, posavasos, panfletos publicitarios, etc.
Al poco tiempo, me centré en las
botellas y cuando empezaron a surgir los problemas de espacio me pasé
definitivamente a la colección de etiquetas de cerveza, que no da muchos
problemas de espacio, en teoría, pero es muy laboriosa… digo que no dan problemas de espacio, pero las botellas que esperan a que se
le retire la etiqueta se van acumulando y si no eres muy metódico surgen problemas de
espacio y otros que ni habías imaginado.
Empiezas por diversión, te
entusiasma, acumulas todo lo que te llega a las manos y en poco tiempo ya tienes la primera duda, ¿cómo las
clasifico? ¿cronológicamente, por país, por estilo…? Das un giro y vuelves a clasificar
las etiquetas. Las sacas de los álbumes y vuelves a organizarlas, te lleva
varios días e incluso semanas en los que has tenido que sacrificar horas de
ocio… pero las has disfrutado recordando donde bebiste aquella cerveza, donde
conseguiste la etiqueta.
La colección va creciendo, al
principio es fácil identificar las que no tienes… poco a poco es más difícil e
incluso se haría necesario un listado y
seguimos adelante y llega ese momento, que ya vas intentando tapar los huecos
de la colección…de tal productor me falta esta o la otra.
Poco a poco la colección se
adueña de tu voluntad y se convierte en un fin en si misma y llega ese punto de
no retorno en el que o lo dejas o reorientas tu colección (especializándote en
algún tema, país, etc) o entras en un bucle sin fin. Porque no nos engañemos,
ninguna colección que se precie tiene fin, siempre habrá algo nuevo que
conseguir, que buscar….
Entonces ocurre, ya no viajas para
probar nuevas cervezas o disfrutar de las tradiciones cerveceras de algún país,
sino para buscar esa etiqueta que se te ha resistido o para asistir a una
convención de coleccionistas y conseguir alguna rareza. Dedicas gran parte de
tus recursos económicos a tú colección y la afición se convierte en obsesión.
Por suerte, mi punto “de no
retorno” llegó pronto y a la mínima que sentí que el coleccionismo de etiquetas
se estaba adueñando de mí vida, lo atajé, creo que de una manera ingeniosa….
Un día que estaba archivando unas
etiquetas que me había traído un amigo de un viaje por Indochina y Australia lo
comprendí, “estas etiquetas no me dicen nada ¿cómo saben estas cervezas? ¿Dónde
las habrá conseguido?" Les faltaba lo más importante… unta historia que contar.
No quiero coleccionar todas las
etiquetas de todas las cervezas de todos los países, quiero que mi colección
tenga por título “las cervezas de mi vida” que cada etiqueta me diga algo, me
cuente su historia y desde entonces sigo siendo coleccionista, pero no de
etiquetas de cerveza, sino coleccionista de momentos, de sensaciones, de lugares
maravillosos, de personas que hicieron de la cerveza su pasión e intentaban
contagiármela.
Desde ese momento mi colección se
ha convertido en un tesoro más apreciado que cualquier otra que un
coleccionista puede ofrecerme y lo que es mejor, he eliminado el estrés que conlleva conseguirlo todo y no poder con
ello, de conseguir más y más… sin fin.
